sábado, 21 de mayo de 2011

De México a Jordania



Érase una vez un pequeño Dornier de permisionario mexicano, que volaba para el Servicio Aéreo Humanitario de la ONU en Medio Oriente y África, y para salir de su país recorría:

Toluca (TLC) - Nuevo Laredo (NLD) - Toronto (YYZ) - Goose Bay (YYR) - Reykjavik (KEF) - Southampton (SOU) - Atenas (ATH) - Amman (AMM).

Con sobrecargo incluida... y muuuuuy aventurera ;)

viernes, 24 de diciembre de 2010

Estrelladas


Los últimos tres meses de mi vida han sido una revolución. He visto aviones despegar. He dado la espalda a un aeropuerto. He dado la espalda a familia y amigos. He dado la espalda a un país. He cruzado un océano cargando las cenizas de un muerto que me enseñó más cosas que todos los vivos que conozco. He encontrado al hombre con el que quería compartir una vida libre, despreocupada, sin aprehensiones. He hecho mis maletas y he dejado tres veces a ese hombre. He estado la mayor parte del tiempo sola. He extrañado la risa de un amigo en su motocicleta. Se me ha desatado una neurosis que me devora. Vasos, platos, vasijas, lentes, puertas: he estrellado tantas cosas y me he estrellado a mí. Sin saber cómo restaurar los cachitos en los que voy quedando. Oyendo, como una incondicional, aquella pieza :"Non, je ne regrette rien". Sintiendo, como una incondicional, aquella otra pieza: "Like a rolling stone". Llorando. Empacando. Tirando. Corriendo. Lavando. Cruzando. Esperando. Buscando. Like a rolling stone.
Campania, Italia. Diciembre 2010. Muro en Cassino, reconstruido después de los bombardeos de la Segunda Guerra Mundial.

jueves, 18 de febrero de 2010

A 30 mil pies con peinado de salón

El pelo no le rebasa el mentón y está cuidadosamente esponjado. C. Ananás siente envidia, tomando en cuenta que cada día se queda más calva. Afuera tacón y abrigo negros. C. Ananás se atreve a confundirla con alguna tripulante, hasta que Ella alzó la vista y a lo lejos, y de inmediato, la reconoció por el peinado. Inconfundible. Pasa al avión angustiada por verse orillada a dejar su maleta fuera, porque los aviones brasileños de 50 asientos no tienen espacio para equipajes de esas dimensiones. Abandona su maleta y seguro piensa: "¿Y si no la suben con el resto del equipaje?" "¿O si en cambio la abren y me dejan sin peine y laca para mi cabello?" "¿Si la abren y me dejan sin medias?" "¿Si la abren y descubren mis discursos incendiarios a lado de mis trajes y modelitos de El Palacio de Hierro?" "Seguro se trata de un complot de este asqueroso monopolio para callar las voces de la izquierda mexicana."

Ella: "Es que dejé mi maleta y... y no tengo la etiqueta [de equipaje de última hora]."
C. Ananás: "No se preocupe, yo misma se la entrego, ¿qué asiento tiene?"
Ella: "Seis b."

Pero el seis b le desagrada. Es del lado del pasillo e incrementa la sensación de claustrofobia dentro del avión. Toma por completo la fila 3, al lado de la ventanilla, y se concentra en la lectura de El Universal mientras C. Ananás explica por dónde salir del avión y la cantidad de kilómetros acumulables en la ruta México-Tapachula.

Duerme el resto del viaje. C. Ananás se siente frustrada. Ha atendido a 29 necios y a Ella no le ha servido siquiera un vaso con agua, como al resto de personajillos célebres que se ha hallado a más de 30 mil pies de altura, desde que se dedica a ser azafata.

Una hora más tarde, el avión hace su peculiar rugido, en señal de que empieza a descender. Mientras, C. Ananás hojea su cuaderno y al final se encuentra palabras que escribió dos años atrás. Palabras reducidas que hoy duermen tras su uniforme azul. Mira sus medias, azules también, y ve la punta de su zapato derecho raspada por cada vez que pisa el freno del carrito de bebidas. Repite la acción 19 veces en cada vuelo. Hasta 114 veces en un día, como ayer. Arregla el cinto de su vestido y lo anuda en forma de moño. En su profesión, hay que cuidar los detalles.

Prepara la cabina y se atreve a cruzar palabras con Ella.

Aterrizan, abre la puerta y comienza el desembarco.

Ella: "Gracias por sus palabras. Lamento que siendo historiadora, esté aquí haciendo esto."
C. Ananás: "Gracias, buenas tardes."

Al pie de la escalera la espera su maleta, aparentemente tal y como la había entregado. Seguramente cargada con sus peines y su laca y sus medias y sus discursos incendiarios y sus modelitos de El Palacio. No hubo complot. El peinado sigue intacto. La voz de la izquierda mexicana ha llegado al corazón de El Soconusco. Es Denisse Dresser. Camina a la terminal mientras C. Ananás empieza a preparar su carrito para el vuelo de regreso: 1 jugo de tomate, 2 de naranja, 3 de manzana, refrescos, agua, cerveza, cacahuates, vasos y servilletas...
A fin de cuentas, uno se gana la vida.

domingo, 27 de diciembre de 2009

Dos.mil.nueve


  • Despedir la última tarde del 2008 en medio de una multitud en el zócalo (México).
  • El viento helado cortándome la cara (Chicago, febrero).
  • San Cristóbal de las Casas, las Penas, las Tristezas y los mensajes a medias que sepultaron meses de F (Chiapas, marzo).
  • El hombre de los delfines desiguales y su madre paralítica mirando el mar (Nayarit, abril).
  • Descubrir tras la arena del desierto y el río junto al que crecí, que no hay regresos (Juárez, mayo).
  • El atardecer inolvidable en Celestún... y el mar, siempre el mar (Yucatán, junio).
  • La víspera de otro mundo y el aniversario de aquellos que pisaron el Mar de la Tranquilidad (México, julio).
  • El beso de Braucci en Marechiaro y los días en el Sur (Nápoles, agosto).
  • Contemplar y tocar la eternidad sobre el Pantheon de Agripa (Roma).
  • El Arno, Borges, Dante y el ocaso (Florencia).
  • Los incansables viajes en el tren y la voz de Edith Piaff, pensando los siglos y la historia que separan dos mundos (Toscana).
  • Un monasterio reconstruido junto a cementerios de guerra... y el recuerdo, siempre el recuerdo, de Ferro (Cassino).
  • La resignación de volver a bordo de un A-340 (Madrid).
  • La felicidad que encierra una isla perdida en El Caribe, y otra vez el mar (Quintana Roo, septiembre).
  • Las quince mil ochocientas correcciones aeronautas (Monterrey, octubre).
  • Sostener la mano de un hombre que se dejó morir: mi abuelo (Juárez).
  • La fe en un tiempo circular y detenerme a mirar el cielo estrellado a cuarenta mil pies de altura, sintiendo la lágrima correr por mi mejilla (sobrevolando Guanajuato).
  • La función social de servir cacahuates, enriquecer a un monopolio y verme atrapada en un avión que simboliza las páginas de Buzzati (Michoacán, noviembre).
  • Ver la miseria y la opulencia, la solidaridad y la mezquindad. Soportar y servir a una aeroburguesía tercermundista; sin dejar de soñar con la clandestinidad (Guerrero).
  • Roberto Bolaño, la soledad y la cafeína: motores para seguir (Baja California Sur).
  • Un departamento vacío e impecable, y un estómago con el nervio y la incertidumbre de volver a estudiar, y de lo que sea que el futuro signifique (México, diciembre).
  • Las ganas de recuperar un tiempo, quizá no tan perdido... (Cualquier día, cualquier lugar).

sábado, 31 de octubre de 2009

Ciao, nonno

A veces me da miedo la memoria
En sus cóncavas grutas y palacios
(Dijo San Agustín) hay tantas cosas.
El infierno y el cielo están en ella.
Jorge Luis Borges,
“El grabado”, Historia de la noche.

A veces me da miedo la memoria. A veces hay una casa de la que no quiero salir. Su corredor topa con el cuarto de mi abuelo y dentro he aprendido tantas cosas, como tantas de ellas soy. Dentro pasábamos las horas y la infancia desvelándonos. Dentro se aprendía de toros, de España, de astronomía, del Sputnik, de los Apolo 8, 11, 13 y hasta el 17; de Historia, de Roma, de política, de El Ché, de la hora Universal, del General Cárdenas, del México sesentayochero, de quién mato a Colosio, de álgebra, del Sub Marcos, de Chapingo, de justicia social, de la Escuela Hermanos Escobar, de la llorona, de Lerdo, de Venturita; hasta de la propia familia y de tantas otras cosas.
Dentro era la válvula de escape al mundo exterior, el ceremonial, el de los padres y tíos, de los que “están marigüanos”, de los “mándelos a la tiznada”, de las necesidades creadas, de lo políticamente correcto, de los que no eran ateos. Dentro se vivía en otro tiempo, literalmente, porque mi abuelo nunca se empató con “la hora del estúpido de Ernesto Zedillo.” Dentro se tomaba café Bola de Oro y éste se pasaba una y otra y otra y otra vez por el colador. Dentro no se comía carne porque la carne era “cadáver, puro cadáver.” Dentro el desenfado de mi abuelo detonaba las carcajadas. Un desenfado natural, honesto, como era él mismo cuando le preguntábamos quién era su nieta consentida y sin ningún reparo nos respondía: “¡Pues Dennise!”.
Dentro era un desorden, como su coche, aquél Falcon color crema tan lleno de papeles sobre papeles, libros sobre libros, periódicos sobre periódicos. Y tras todo ello no se escondía sino una memoria prodigiosa, digna de esos hombres enciclopédicos que nuestra pobre sociedad del siglo XXI tiene en extinción. Alguien con hambre de comunicar y compartir el conocimiento, de paciencia infinita; siempre alegre, siempre ocurrente. Con esa memoria prodigiosa, captadora de datos, de hechos y de noticias. De conciencia aguda. Un historiador nato, como también fue su abuela.
Así, su muerte nos pega como baldazo de agua fría y nos pone de frente aquella sentencia no menos dolorosa, que dice: “Cuando muere un anciano, arde una biblioteca.”
Y esa biblioteca viviente fue, sin duda, uno de esos hechos fundamentales que ocurren tres o cuatro veces en cada vida. Soy afortunada, al igual que cada uno de ustedes, al saber que la convivencia con mi abuelo fue uno de esos hechos fundamentales. Y si lo que llaman familia se define en dos o tres figuras, de nuevo soy afortunada al saber que mi abuelo fue una de ellas. Pocas personas tan presentes, y tan de cerca. Ahí estaba, tejiendo y dibujando historias cuando nos dejaban en su casa; ahí estaba, ayudándome a pasar los extraordinarios de Agustín Abundes en la prepa; ahí estaba, emocionado y siguiendo de cerca cuando lo llamaba desde su siempre grata Ciudad de México o lo mantenía al tanto del plantón de López Obrador en el zócalo; ahí estaba, siempre devorando sus libros, el Proceso, las noticias y al final la Teve España o los canales de la UNAM y el Poli. Y así con cada una de sus nietas y nietos, como cuando sacaba su acordeón en las visitas de Pamela. O cuando nos ayudaba para taparle el ojo al macho mientras Alejandra o Dennise se escapaban.
Finalmente, dos grandes cariños debo a mi abuelo, y han de disculparme pero creo que si este último día a su lado no los reconozco, no sé cuándo podría hacerlo.
Uno de ellos es el cariño que mi abuelo despertó en mí por el Espacio y los astronautas. Aunque creo que él, como yo, preferiría el término cosmonauta, pues los dos siempre fuimos rojillos y más hacia el lado de los rusos.
El segundo cariño, fue la historia. Porque así era mi abuelo, conocedor de mucho, pero siempre con la sencillez para maravillarse ante lo elemental y lo inmenso, como lo es el Universo, como lo es la historia.
Hoy soy historiadora y sin embargo trabajo de aeronauta a cuarenta mil pies de altura, surcando apenas el cielo. Pero a esos cuarenta mil pies sobre el nivel del mar, y de noche, el Universo se percibe más cerca y más inmenso; y son esos pequeños momentos, y el recuerdo de mi abuelo enseñándome a descifrar la Osa Mayor y las constelaciones, a los que me entrego; y es por ellos que no he perdido aún la capacidad de asombro.
La historia, por su parte, me enseñó que en la Antigüedad los griegos creían en un tiempo circular. Para ellos, el brillo de las estrellas parpadeaba porque en ellas se albergaba el alma de algún sabio, y éstos, que eran los seres más valiosos, eran también quienes mayor tiempo tardaban en reincorporarse al Eterno Retorno, en un ciclo de miles de años. Una vez transcurridos, las estrellas se apagaban y luego otra vez volvían a brillar.
Siendo así, la próxima vez que a cuarenta mil pies me detenga a mirar una de esas estrellas, querré pensar, invariablemente, que ahí está mi abuelo. Querré pensar que es un día de invierno en Juárez, en el que tengo cerca de 6 años y mi abuelo va por mí a la escuela porque he caído enferma, la fiebre me agota y él no para y no para de hablar, mientras yo de arrebato lo interrumpo y le suplico: “Abue, ya no hables más”, pensando que en un rato me despertaré y tendremos toda la vida por delante para platicar. Querré dormir para luego abrir los ojos y estar en esa casa de la que aún no quiero salir. Querré así, finalmente, reencontrarlo en ese tiempo circular de los estoicos.
Descanse en paz.
En Juárez, octubre 27 y 28 del 2009.

sábado, 2 de mayo de 2009

El desierto de los Tártaros

Cuando muere un anciano
arde una biblioteca.

Hace 3 años murió Ferro Gay. Luego de leernos a Carlo Levi, para las últimas semanas del semestre dejó pendiente una novela de Dino Buzzati: El desierto de los Tártaros (Il deserto dei Tartari). Debo a Editorial Gadir la fortuna de haberla hallado hace un mes en uno de los lugares que menos habría imaginado: la librería de un aeropuerto. Fortuna también que la edición lleva un prólogo de Jorge Luis Borges, quien escribió sobre la obra de Buzzati: "En estas páginas el desierto es real y es simbólico. Está vacío y el héroe espera muchedumbres".
Efectivamente, Giovanni Drogo, el protagonista, se abandona a una Fortaleza en medio de la nada, pensando que
Del desierto septentrional debía llegar su fortuna, la aventura, la hora milagrosa que al menos una vez toca a cada cual. Para aquella eventualidad vaga, que parecía volverse cada vez más incierta con el tiempo, hombres hechos y derechos consumían allí arriba la mejor parte de la vida.

Ferro murió el 2 de mayo. Aún tengo las grabaciones de sus clases. En enero, dando la introducción del curso, claramente nos advirtió que dicha novela
Representa el problema del ideal... ¿qué es lo que vale realmente en la vida? Porque uno de joven ve muchas cosas... las considera valiosas... se quiere dedicar a ellas, en el mejor de los casos, pero cuando se alcanzan o cuando se está cerca de alcanzar ve uno que todo fue inútil... y en esto también soy un testigo histórico porque mi edad lo amerita.

Así, las líneas de Buzzati, la tentadora invitación de Borges a su lectura, la desidia de Drogo, la voz de Ferro... tras todo ello se entiende que lo mejor no está más adelante. Lo mejor es lo que dejamos de hacer.

miércoles, 1 de abril de 2009

Thanks mom!

How to raise a neurotic perfectionist:
Tell your child they are smart. Reward success. Punish failure. Criticize mediocrity. Watch child crash and burn when unable to get a perfect score. Thanks mom!

(Gracias Rafi, muy bueno)

sábado, 13 de diciembre de 2008

El jorobado


Uno aprende a querer lo aviones. A veces muerden, a veces magullan, a veces respiran, a veces resongan y se "echan", a veces se mueven como si fueran de papel. Otras veces el avión le gana a los aviadores. Pero cuando son una segunda casa, uno aprende a entenderlos (no tanto como quisiera) y se llega incluso a encariñar con ellos. Distinguir unos de otros se vuelve un reto. El aliado es el avión, el enemigo son las manos de estómago de los pasajeros. "Señor, no golpée la sombrerera, por favor". "Su equipaje está muy grande". "Esa luz de lectura no se mueve, encienda la de su lado". "La mesita no es para llevar a casa". "Esos respaldos no reclinan porque obstruirían su salida de emergencia". "No derrame líquidos, por favor". "Apague el celular, puede afectar los sistemas de navegación". "El vómito va en las bolsitas de mareo". "Qué terquedad de 'resetearlo' y 'resetearlo', me duele como si fuera yo la computadora".

Y uno que estaba peleado con el mundo de las comunicaciones, aprende a reconciliarse. Borges confesaba: "Soy ignorante respecto de las cosas más elementales; puedo utilizar un teléfono o tomar un auto, pero no tengo ninguna idea, ninguna noción sobre la manera en que se fabrican o funcionan" (Borges ante el espejo); mientras Ferro reprochaba: "La sociedad tecnocrática ha devorado todos los sistemas y ha sustituido al hombre con la máquina, no en el sentido de que ésta pueda hacer mejor las cosas, sino porque se han reducido todas las cosas a lo que la máquina puede hacer" (Lo divino en lo humano). Siempre compartí la ignorancia de Borges y el reproche de Ferro. Siempre me sentí un parásito tecnológicamente hablando, y sólo cuando decidí involucrarme en el aeromundo fue que entendí bien a bien qué tiene que pasar para que un vehículo más pesado que el aire, vuele. A cada oportunidad, me acerco a la cabina de mando, escucho las alarmas cuando los pilotos están haciendo sus pruebas, y eso me basta para sacarme una sonrisa de oreja a oreja.

La misma sonrisa que tuve al recibir esta foto. Un 747 (Jumbo) de noche... con su lámpara natural. Parece un animal durmiendo. Yo le digo "El Jorobado" porque donde termina su segundo piso, justo ahí el fuselaje adquiere forma de camello. Sus cuatro motores... su enormidad... sus puertas... sus tripulaciones cuando es el caso de British... No que no quiera al Embraer 190 de Aeroméxico o a mis mosquitos... pero frente al Jumbo podría pasarme las horas contemplándolo... y reconciliándome.

martes, 22 de julio de 2008

Una más por los aigres...


Ayer por la mañana llevamos como pasajera a la mismísima Ma. Amparo C.
No puedo negarlo: algo entre mucha nostalgia y risa me dio el verme ahora del otro lado y no sentada con libro en mano, concentradísima en la lectura y no en cuántos vasos tequileros para la botana se les olvidó subirme a los de Aerococina...

Como los de Clase Premier pagan el doble o triple por viajar, inmediatamente después de que se sientan se les tiene que ofrecer una "bebida de cortesía", que consiste (antes de las 11:oo horas) en JUGO DE NARANJA, JUGO DE MANJANA (diría el buen Peje) o AGUA. Y después de las 11:00 horas lo único que cambia es el JUGO DE MANJANA por ESCOCÉS. Era un vuelo Zihuatanejo-México.

C. Ananás (chíchara 2).- "Buen día, ¿le ofrezco algo de tomar?"
Pasajera al lado de M.A.C.- "Agua, gracias."
M.A.C.- Con movimientos faciales de "¡No, déjame instalarme y leer a gusto!"
Mente de C. Ananás.- "Ta' bueno, ni quién quiera empezar a escuchar sus infinitas elucubraciones con su tema de toda la vida sobre cada una de las iniciativas presentadas ante el Congreso desde no sé cuántos años atrás, que bien sé me podría recitar de memoria en este mismo instante, sumadas al choro de la necesidad de salvar a las instituciones mexicanas..."

Je. Sí, lo acepto, a veces quisiera regresarme a la Historia con todo y sus elucubraciones. Pero luego pienso en el mundo de higaditos que se cuelan entre sus filas y... prefiero los aviones :)

miércoles, 12 de septiembre de 2007

Contra las orgías de optimismo

Vamos al hoyo. Aceptémoslo de una buena vez y pongámonos a trabajar.
Comparto la siguiente cita de Bobbio transcrita por Eco, cuando el último reprocha que la humanidad marcha a paso de cangrejo. Pero aún a ese paso, por ese paso y contra ese paso hay que seguir marchando. Para ello, Eco insiste en hallar "la misión del docto... revisitada". Dejo aquí, pues, la cita textual:

Soy un ilustrado pesimista. Soy, por así decirlo, un ilustrado que ha aprendido la lección de Hobbes, de De Maistre, de Maquiavelo y de Marx. Me parece, además, que la postura pesimista se adecua más al hombre ilustrado que la postura optimista. El optimismo siempre implica ciertas dosis de entusiasmo, y el hombre ilustrado no debería ser entusiasta. Y son también los optimistas los que creen que la historia es efectivamente un drama, pero un drama con final feliz. Solo sé que la historia es un drama, pero no sé, porque no puedo saberlo, que es un drama con final feliz. Los optimistas son los otros, los que son como Gabriel Péri, que muriendo gloriosamente dejó escrito: “Prepararé dentro de poco los mañanas que cantan”. Los mañanas han llegado, pero los cánticos no los hemos escuchado. Y cuando miro a mi alrededor, no oigo cánticos sino rugidos.
No querría que esta declaración de pesimismo se entendiera como un gesto de renuncia. Es un acto de sana austeridad tras tantas orgías de optimismo, un prudente rechazo a participar en el banquete de los retóricos siempre festivos. Es un acto de saciedad, más que de disgusto. Y, además, el pesimismo no refrena la laboriosidad, sino que la encamina y dirige mejor a su objetivo. Entre el optimista cuya máxima es: “No hagas nada, ya verás como todo se arregla” y el pesimista que replica: “Haz lo que tengas que hacer, aunque las cosas vayan de mal en peor”, prefiero al segundo. […] No digo que los optimistas sean siempre fatuos, pero los fatuos son siempre optimistas. No logro separar en mi mente la ciega confianza en la providencia histórica o teológica de la vanidad de quien cree que es el centro del mundo y que todo sucede por indicación suya. Respeto y aprecio, en cambio, al que actúa bien sin pedir garantías de que el mundo mejore y sin esperar, no digo premios, sino ni siquiera confirmaciones. Solo el buen pesimista está en condiciones de actuar con la mente despejada, con la voluntad decidida, con sentimiento de humildad y plena entrega a su deber.

Norberto Bobbio, Politica e cultura, citado en Umberto Eco, A paso de cangrejo. Debate, México, 2007, pp. 85-86.

jueves, 24 de mayo de 2007

Muestra de cine

Si dan click en la imagen pueden ver la programación completa... ¡No falten el 1 de junio, podrán saludar a la Directora en persona, pft! (a propósito de egos agrandados).

Arte y responsabilidad

Un todo es mecánico si sus elementos están unidos solamente en el espacio y en el tiempo mediante una relación externa y no están impregnados de la unidad interior del sentido. Las partes de un todo semejante, aunque estén juntas y se toquen, en sí son ajenas una a otra.

Tres áreas de la cultura humana -la ciencia, el arte, la vida- cobran unidad sólo en una personalidad que las hace participar en su unidad. Pero su vínculo puede llegar a ser mecánico y externo. Es más, casi siempre sucede así. El artista y el hombre se unen de una manera ingenua, con frecuencia mecánica, en una sola personalidad; el hombre provisionalmente se retira de la "turbación de la vida" hacia la creación, al mundo de "la inspiración, dulces sonidos y oraciones" (Pushkin). ¿Qué es lo que resulta? El arte es demasiado atrevido y autosuficiente, demasiado patético, porque no tiene que responsabilizarse por la vida, la cual, por supuesto, no puede seguir a un arte semejante. "Y cómo podríamos seguirlo -dice la vida-; para eso es el arte, y nosotros nos atenemos a la prosa de la existencia."

Cuando el hombre se encuentra en el arte, no está en la vida, y al revés. Entre ambos no hay unidad y penetración mutua de lo interior en la unidad de la personalidad.

¿Qué es lo que garantiza un nexo interno entre los elementos de una personalidad? Solamente la unidad responsable. Yo debo responder con mi vida por aquello que he vivido y comprendido en el arte, para que todo lo vivido y comprendido no permaneza sin acción en la vida. Pero con la responsabilidad se relaciona la culpa. La vida y el arte no sólo deben cargar con una responsabilidad recíproca, sino también con la culpa. Un poeta debe recordar que su poesía es la culpable de la trivialidad de la vida, y el hombre en la vida ha de saber que su falta de exigencia y de seriedad en sus problemas existenciales son culpables de la esterilidad del arte. La personalidad debe ser plenamente responsable: todos sus momentos no sólo tienen que acomodarse juntos en la serie temporal de su vida, sino que también deben compenetrarse mutuamente en la unidad de culpa y responsabilidad.

Y es inútil justificar la irresponsabilidad por la "inspiración." La inspiración que menosprecia la vida y es igualmente subestimada por la vida, no es inspiración sino obsesión. Un sentido correcto y no usurpador de todas las cuestiones viejas acerca de la correlación entre el arte y la vida, acerca del arte puro, etc, su pathos verdadero, consiste solamente en el hecho de que tanto el arte como la vida quieren facilitar su tarea, deshacerse de la responsabilidad, porque es más fácil crear sin responsabilizarse por la vida y porque es más fácil vivir sin tomar en cuenta el arte.

El arte y la vida no son lo mismo, pero deben convertirse en mí en algo unitario, dentro de la unidad de mi responsabilidad.
---
Mijaíl M. Bajtín, Estética de la creación verbal. Siglo XXI, Argentina, 2002, pp. 11-12.

lunes, 7 de mayo de 2007

Un año sin Ferro

No tengo aún nada que valga la pena por escribir. Nada para explicar cómo ha sido el año sin él. Nada qué decir. Como Borges confesó: "No lo puedo comunicar, todas las palabras requieren una experiencia compartida"... ¿compartirá alguien su muerte en la forma que yo no busco compartirla? Lo único que tengo grabado son las líneas de un poema de Dylan Thomas que el 3 de mayo del 2006 me puse a rastrear desde mi viejo trabajo. Lo transcribo ahora mismo. E la morte non avrá piú dominio.

Y LA MUERTE NO TENDRÁ DOMINIO
Por Dylan Thomas
Y la muerte no tendrá dominio.
Desnudos los muertos se habrán confundido
con el hombre del viento y la luna poniente;
cuando sus huesos estén roídos y sean polvo los limpios,
tendrán estrellas a sus codos y a sus pies;
aunque se vuelvan locos serán cuerdos,
aunque se hundan en el mar saldrán de nuevo,
aunque los amantes se pierdan quedará el amor;
y la muerte no tendrá dominio.

Y la muerte no tendrá dominio.

Bajo las ondulaciones del mar
los que yacen tendidos no morirán aterrados;
retorciéndose en el potro cuando los nervios ceden,
amarrados a una rueda, aún no se romperán;
la fe en sus manos se partirá en dos,
y los penetrarán los daños unicornios;
rotos todos los cabos ya no crujirán más;
y la muerte no tendrá dominio.

Y la muerte no tendrá dominio.

Aunque las gaviotas no griten más en su oído
ni las olas estallen ruidosas en las costas;
aunque no broten flores donde antes brotaron ni levanten
ya más la cabeza al golpe de la lluvia;
aunque estén locos y muertos como clavos,
las cabezas de los cadáveres martillearan margaritas;
estallarán al sol hasta que el sol estalle,
y la muerte no tendrá dominio.

sábado, 5 de mayo de 2007

Ah qué pinches gringos...


En cuanto cruzas la pequeña puerta de alambre y entras a México, te sientes como si acabaras de escabullirte de la escuela, después de decirle a la maestra que te sientes mal y ella te dice que puedes irte a casa, a las 2 de la tarde... miras a tu alrededor y ves rostros felices y sonrientes, o rostros oscuros de amantes preocupados, y padres y policías, oyes música de cantina del otro lado del parquecillo de globos y paletas heladas... Pasas sediento por las puertas giratorias de una cantina y pides una cerveza en la barra, y volteas, y hay tipos jugando billar, preparando tacos, sombrerudos, algunos llevan armas en el cinturón de ranchero, y grupos de hombres de negocios cantando... Es muy agradable llegar a la Tierra Pura, sobre todo porque está cerca de Arizona y Texas, y de todo el suroeste, pero se puede sentir esa sensación, lo que sienten los campesinos por la vida, la alegría intemporal de quienes no se preocupan por los grandes problemas culturales y de la civilización.

Jack Kerouac, Lonesome Traveler.

viernes, 20 de abril de 2007

"El pizarrón lo sabe..."


Accende lumen sensibus,
infunde amorem cordibus,
infirma nostri corporis
virtute firmans perpeti.
Hostem repellas longius,
pacemque dones pronitus,
ductore sic te praevio,
vitemus omne noxium.

jueves, 8 de marzo de 2007

Nada que celebrar

Quien piense que la historia es maestra de vida, posiblemente se equivoque. La siguiente es una cita textual de la revista La Sociedad Católica (con la cual simpatizaban por igual conservadores y liberales) en 1870: “Nos hemos condolido, al ver lo fácil que es a la mujer arrojarse en los abismos del error, cuando, desviándose del camino que tiene señalado trastorna el orden establecido en la sociedad humana y trueca la santa y sublime misión de esposa y de madre por la no muy ambicionada de oradora pública para discutir en la tribuna los altos intereses de la política y de la religión.”

Quienes creen que lo anterior ha sido superado quizás desconozcan que en el México del 2007 el porcentaje de diputadas federales corresponde a un 22%, mientras que en un país que a los ojos de muchos mexicanos resulta “inferior”, como Rwanda, el número de mujeres en cargos legislativos asciende al 49%. Por su parte, en el ámbito local la inequidad no es menor, pues 82 mujeres ocupan una alcaldía mientras 2,345 hombres gozan de ese mismo cargo.

Bajo esa tendencia, se requieren aproximadamente 106 años para que las mujeres en México logren la equidad en los puestos de poder político. Lo anterior significa que posiblemente en el año 2112 se empiece a notar el anhelado “cambio.” Quizás para entonces los rezagos de la decimonónica Sociedad Católica (que en su época atacaba abiertamente a la demócrata española Magdalena Bonet), bien pudieran jactarse de que su pensamiento patriarcal haya perpetuado por al menos 2 siglos más.

Pero la inequidad se hace presente más allá del ámbito político. En nuestro país mueren diariamente 4 mujeres por causas relacionadas con el embarazo y el tema del aborto sigue siendo postergado por la derecha conservadora y los desatinos del secretario de Salud en sus declaraciones. En México las mujeres no deciden sobre su cuerpo, pues en los casos en que el aborto es permitido (por violación o enfermedad congénita), las jóvenes se ven atadas a prejuicios y todo tipo de descalificaciones “morales.” Las campañas de “protección de la vida” paradójicamente dan un vuelco hacia la desprotección de aquellas mujeres embarazadas a temprana edad, quienes no desean ser madres.

El tema de la violencia de género es otro de los grandes pendientes, pues 6 de cada diez mujeres en nuestro país ha vivido toda su vida con violencia.

Los anteriores datos (tomados de la propuesta del PASC para la Equidad de Género) resultan escandalosos pues distan mucho de la retórica y verborrea que diariamente ofertan nuestros líderes. Lejos de alcanzar los discursos prometidos, la situación se agrava en el México Profundo, pues 3 millones de mujeres indígenas (7.2% de la población femenina del país para el año 2000) registran una tasa de analfabetismo de casi 50%. Sumado a ello, las malas condiciones de salud son visibles en el 57% de estas mujeres, quienes dan a luz en casa. Por su parte, las labores domésticas representan el trabajo fundamental para esa parte de la población (95.5%). Y con respecto a la posesión de tierras, las mujeres indígenas cuentan con tan sólo el 13.4% de la superficie parcelada y el 6.6.% de los solares.

Por lo tanto, es claro que la vida cotidiana no tiene correlato con las promesas respecto a la igualdad de género. Los datos aquí presentados son tan sólo un reflejo de ese insostenible “México ganador.” ¿Ganador para quién? Si tan sólo Ciudad Juárez es una de las zonas con mayor índice de violencia hacia las mujeres en todo el país (más de 300 asesinadas), y es aquí donde existe una deuda pendiente en el tema de los feminicidios por parte de quienes sólo han llevado el dolor privado al espacio público en busca de lucro y no de soluciones reales.

Ante la cruda realidad la fórmula para muchos (especialmente nuestros políticos y los medios de comunicación) es cambiar las formas y no el fondo. La llave mágica para ellos se traduce en estar “a la vanguardia” y así hablar de “los” y “las” mexicanas, pensando que de ese modo se resuelve el problema, o bien que las “lavadoras de dos patas” (Fox dixit) se quedarán tranquilas, pues ya existe un día en el que pueden ser festejadas. Además del 10 de mayo, ahora tienen el 8 de marzo. Se les festeja por ser “buena madre, buena esposa, buena hija, buena empleada, buena compañera, etc.” No es otra cosa que reproducir la cultura patriarcal, de igual modo en que se hace en un sonado comercial donde la voz de un migrante añora la figura de la abuela “cocinando en casa.” Siguiendo esa misma línea, los dos grandes monopolios, Televisión Azteca y Televisa, no se quedan atrás, pues cosifican e instrumentalizan a la mujer en programas denigrantes como el conducido por Adal Ramones, o como lo hacen también las populares canciones de “reggaetón.”

No, el 8 de marzo no es un día para celebrar, por el contrario, es un día para pensar que más de la mitad de la población a nivel mundial se encuentra en condiciones de desigualdad. Es un día para tomar en serio que casi 5 millones de hogares en México (20.6% de la población, en los que conviven 16.47 millones de personas) son encabezados por mujeres y éstas no se hallan representadas en los órganos de gobierno ni en el espacio público. Mujeres en cuya vida privada son víctimas de violencia.

Ignorar esa realidad no cambiará las cifras, por el contrario, éstas serán cada vez más “escandalosas” y difíciles de ocultar. Es hora de que el “miedo a México” del que habla Denise Dresser (el miedo a mirar la desigualdad tras la retórica de la modernidad), se convierta en impulso y motor para transformar un sistema contradictorio y desolador del que no podemos seguir siendo cómplices. La lucha contra la desigualdad no debe ser exclusiva de las mujeres, pues en ella debe tomar parte todo el organismo social. Si bien el cambio de mentalidades no es fácil, ello no es razón para no dar la batalla contra el viejo sistema patriarcal, el cual tiene que ser superado, con campañas que realmente impulsen la equidad de género y dejen de reproducirlo; con movilización social para demandar a los medios de comunicación programas con contenidos de calidad; con romper los malos discursos que no cambian el fondo sino que sólo maquillan las formas; con acciones que nos lleven a armonizar la vida familiar con la vida pública bajo nuevos modelos que reconozcan la trascendencia de quienes representan a más de la mitad de la población mundial. De lograrlo, entonces quizás el 8 de marzo se convierta en un día para celebrar. Esperemos que eso sea posible mucho antes del 2112.

lunes, 5 de febrero de 2007

Reproduciendo a Funes, el memorioso

La persistencia de la memoria. Salvador Dalí.


Salvador Dalí: --Porque resulta que a las sociedades de consumo que utilizan esos medios informativos, como ustedes, están muy poco al corriente de… incluso del vocabulario científico, porque me ha sorprendido que cuando he hablado del ADN, parecía que le hablaban de la luna… ¿verdad o mentira?
Jacobo Zabludovzky:
--Es cierto, maestro.
Salvador Dalí: --Es verdad que con el Divino se aprenden todos los días cosas nuevas.

Dalí está en lo cierto y me lleva a reafirmar que los medios desinforman. Pienso de igual modo en los blogs y en mi reciente desencanto por los blogs. Ikram Antaki criticaba la internet y hacía una analogía entre ésta y la memoria de Funes, el personaje de Borges que recuerda todo hasta el grado de quedar inmovilizado. El planteamiento es más o menos el siguiente y he tratado de retomarlo para una de mis clases (advierto que aún está incompleto):


La pérdida de la memoria histórica identifica a la sociedad de hoy en día. Para algunos, la solución está contenida en internet, donde se “pone a nuestra disposición algo así como la memoria total de la humanidad.”[1]
No obstante, el aprendizaje y la transmisión de la cultura, durante siglos, se ha dado a través de la acumulación ininterrumpida de acontecimientos. Pero en cada época, la historia ha perdido -tal vez intencionalmente- buena parte de conocimientos anteriores. Así, “los griegos fueron incapaces de recuperar los conocimientos matemáticos de los egipcios […] El medioevo perdió toda la ciencia griega [etcétera].”[2]

Lo anterior, porque la memoria social y cultural -sea colectiva o individual- tiene por función filtrar, no conservar. Tenemos entonces, que “la cultura está hecha de memoria y de olvido, [lo que representa] un equilibrio difícil.”[3] Por su parte, es imposible recordar todo, porque el recuerdo requiere selección. Si se recordara todo, sucedería como al personaje de la obra borgiana: Funes, el memorioso, quien decía: “Más recuerdos tengo yo solo que los que habrán tenido todos los hombres desde que el mundo es mundo […] Mi memoria, señor, es como vaciadero de basuras.”[4] En esa larga metáfora del insomnio, Funes termina inmovilizado a causa de su infinita memoria. Pierde su capacidad de abstracción. Para él, “cada palabra tenía un signo particular, una especie de marca. [No entendía] que decir 365 era decir tres centenas, seis decenas, cinco unidades.”[5]
¿Por qué hago esa referencia a Funes? Porque, como propone Ikram Antaki, “el internet, o la world wide web, es un inmenso Funes. Hasta ahora la sociedad había filtrado por nosotros, a través de los manuales y las enciclopedias. Con la web, todo el saber, toda la información posible, aún la menos apropiada, está a nuestra disposición. La cuestión es, ¿quién lo filtra?”[6]

La analogía de Antaki entre Funes y la Internet me parece extraordinariamente atinada. Si yo tecleo la palabra política en el buscador de Yahoo, aparecen 65.300.000 resultados en 0.08 segundos. ¿Cómo filtrar 65 millones 300 mil resultados? ¿Qué criterios usar para discriminar la información que vale de la que no? Esa memoria electrónica, construida sobre el modelo de la cabeza de Funes el memorioso, resulta abrumadora. “[65] millones de sitios es lo mismo que nada. […] Hemos agrandado nuestras capacidades de acumulación de la memoria, pero aún no hemos encontrado el nuevo parámetro de filtración.”[7] Sin tal parámetro, el uso de la Internet es caótico y poco ayuda si de hallar certidumbres se trata. La libertad de opción entre esa multiplicidad de informaciones, queda anulada para el individuo común. Quizás sea en algún modo positiva para los ricos intelectuales que cuentan con las herramientas para ejercer una nueva discriminación crítica, no para los pobres. Aparece así una nueva división de clases, cimentada en la capacidad cibernauta de escoger la información. Sin embargo, en el mejor de los casos, imaginando que cada uno de nosotros llegara a constituir su propia memoria en medio de ese laberinto, tendríamos una sociedad de seis mil millones de memorias (enciclopedias diferentes).[8]

Pero la sola idea de pensar esos seis mil millones produce vértigo, considerando que cuanto más sabemos, mayor es nuestro horizonte de ignorancia. Por lo tanto, la famosa era de la información, es insostenible.
El progreso técnico no se corresponde con el progreso social. Culturalmente el empobrecimiento se incrementa día con día, y el superconsumo poco ayuda a salir de nuestra pobreza intelectual. En los mismos círculos académicos, intentando ser “transgresores”, se ha degradado la cultura: “Hemos perdido al genio. Se ha elegido lo feo, teniendo ejemplos de belleza extraordinaria en las obras clásicas.”[9]

Sin embargo, no hay indicios de que se pretenda reconsiderar a las obras clásicas o el rescate de la cultura grecolatina. ¿Podrá salvarnos la tecnología? No necesariamente. Como concluye Sartori: “Si nos salvamos no será con la tecnología, sino con un retorno a la inteligencia.”[10]


[1] Ikram Antaki, A la vuelta del milenio. Planeta, México, 2001, p. 44.
[2] Idem.
[3] Ikram Antaki, op. cit., p. 45.
[4] Jorge Luis Borges, Ficciones. Alianza, España, 1997, p. 131.
[5] Jorge Luis Borges, op. cit., p. 133.
[6] Ikram Antaki, op. cit., p. 45.
[7] Idem.
[8] Ikram Antaki, op. cit., pp. 46-47.
[9] Federico Ferro Gay, en su seminario sobre Literatura rusa. UACJ, abril 2005.
[10] Giovanni Sartori y Gianni Mazzoleni, La tierra explota. Superpoblación y desarrollo. Taurus, México, 2003, p. 74.

viernes, 29 de diciembre de 2006

Costa Esmeralda y yo

De la vasta geografía de Veracruz, me decidí por Costa Esmeralda. Pasé noche buena y navidad sola al lado del mar. El 24 cené camarones en una pieza donde únicamente estaba yo, imagino que alguno de los cocineros, un gato abominable y el guardia del hotel. Le llamé a la viuda de Ferro Gay. Le llamé a mi familia. Le mandé un mensajito a Otárola pero siendo el mismo cobarde de siempre, no respondió. Le llamé a Rodolfo pero es medio sordo y no escuchó las olas. Me llamó un borracho. Estuve varias horas en la madrugada escuchando los Diarios de Motocicleta de Santaolalla, y luego un rato más oyendo a la mujer que canta y grita al lado de Moby: In this World. Me mandó un mensajito Cartaphilus. Antes, pasé unas cinco horas a siete kilómetros del hotel, sentada frente al mar releyendo el tomo III de las Obras completas de Borges, especialmente Los conjurados.

El 25 tenía intención de levantarme temprano pero no fue así, la desidia me dejó dormir hasta mediodía. Otra vez los siete kilómetros al mar. Otra vez Borges. Otra vez a buscar un lugar apartado en la playa, y como era mediodía y había sol, fue un poco más difícil que la tarde anterior. Ahora sí a entrar en el mar, por primera vez en mi vida (no puedo decir que la experiencia resultó placentera, salí con algunos golpes). Otra vez los siete kilómetros al hotel y como se venció el cuarto y estaba todo cerrado esperé a la orilla de la carretera que llegara el ADO con un lugar disponible. Afortunadamente hubo lugar. Luego algunas vueltas y finalmente de regreso en Jalapa.

Fue mi primera navidad sola y a pesar de que llamé a mi familia, hubo muchas cosas que no extrañé. No se trata de otra de mis esnobadas, sinceramente no extrañé poner el arbolito de plástico. No extrañé la casa de mi abuela. No extrañé a tres de mis tías que cada año se paran frente a mí repitiéndome una tras otra que estoy más gorda. No extrañé cenar al lado de personas que me resultan totalmente ajenas, de las que no sé nada y que no saben nada de mí, que cada vez que veo me preguntan a qué me dedico. No extrañé su expresión de “ah, si, estudias Historia…” y enseguida un gesto como si se compadecieran de mí; o los que de plano me dicen: “¿y no te aburres?”. No extrañé los silencios incómodos. No extrañé mi intolerancia ante las pláticas cargadas de prejuicios que cada año protagonizan ciertos personajes en el comedor (por ejemplo que Estados Unidos es víctima del terrorismo mundial y Bush es el gran protector o que ser negro es sinónimo de ser malvado). No extrañé a la parte gringa de mi familia. No extrañé las filas de tres o cuatro horas para tener que ir a El Paso, Texas de compras con mis papás y completar con mi cabeza los 300 o 400 dólares que la Aduana México permite pasar por coche, consumiendo de ese modo hasta el tope, y aún más, porque cada año dan varias vueltas. No extrañé el hartazgo y la angustia que me producen las tiendas gringas, especialmente los pasillos de Target con sus set of dishes... vajillas de todo tipo de colores. No extrañé preocuparme porque el regalito del intercambio fuera útil para el destinatario. No extrañé los comentarios vacíos ni la falsa amabilidad. No extrañé celebrar algo que me resulta absurdo celebrar. No extrañé la doble moral de los católicos, cuando el gran ausente en estas fechas es Jesús (o al menos su predicación).

O sea que estuve a toda madre lejos de la rutina navideña que repetí por veinte años. Y ojalá extrañara porque con tanta soledad no sé cómo diablos voy a readaptarme a los hábitos de la frontera. Creo que lo mejor será volver y no dejar de pensar -como escribió Kundera- que La vida está en otra parte, quizás en los camarones que cené el 24. Aunque, después de todo, la aventura tuvo algunos inconvenientes. Por ejemplo, eso de andar viajando sola en busca de lugares apartados tiene la desventaja de que luego no hay quien tome la foto. Ni hablar, a fin de cuentas mi memoria filtrará lo que se le antoje, y las fotos salen sobrando.

martes, 12 de diciembre de 2006

L'orologio

Ferro Gay (1926-2006). En la Cátedra, junio de 2005.

Federico Ferro Gay reforzó mi amor por los clásicos y por la literatura italiana. Escuchar a Ferro Gay era descubrir nuevas e infinitas posibilidades contenidas en una misma lectura. Ferro Gay era una muy equilibrada dosis de divinidad en su ilimitada humanidad.

En cierta fecha del 2004, la primera vez que crucé palabras con él, su temperamento enciclopédico me dejó entumida, al grado de olvidar lo que originalmente tenía intención de preguntarle y el comentario más imprudente que me llegó en ese instante fue: “Cada vez que lo veo… usted me recuerda a Jorge Luis Borges”, a lo que Ferro sólo atinó en responderme, con una irónica sonrisa: “¡Pues pobre Jorge Luis Borges!”
La cercanía intelectual, humana y afectiva que mantuve con Ferro Gay llegó meses después. Y no obstante, siempre le encontré un parecido físico con el erudito argentino. El pasado 2 de mayo, cuando muy temprano recibí la feroz noticia de su muerte, no sé bien si en el transcurso de ése o los siguientes días, pues fueron horas de confusión, recordé unas líneas de Borges: “Sentí lo que sentimos cuando alguien muere: la congoja, ya inútil, de que nada nos hubiera costado haber sido más buenos. El hombre olvida que es un muerto que conversa con muertos” (en “There are more things”, El libro de arena). En apenas dos años Ferro Gay trastornó mi sentido de la realidad. Ferro Gay fue mi norte y fue muchas otras cosas que de momento y luego de siete meses me está vedado descifrar. Para los que en su funeral repitieron discursos cargados de esnobismo (fiel muestra de que jamás entendieron al propio Ferro), y que no supieron decir otra cosa más allá de “la vida sigue”, yo les contesto que no, que la vida da un vuelco inmenso cuando nos faltan aquellos que amamos, en parte porque tenemos que decidir en medio de la incertidumbre en la que nos dejan (y sí, tal vez decidir es síntoma de que uno sigue adelante, pero mucho influye su ausencia hasta en la menor elección).

Semanas antes de morir, L’orologio (El Reloj) fue el libro del cual nos leyó algunos fragmentos y donde se narran las condiciones de la dura posguerra en Italia, la que el mismo Ferro soportó con la ansiedad de no hallar a su madre y ver su ciudad en ruinas tras haber sido bombardeada. L’orologio refleja lo que se vive después de un desastre de la magnitud de la Segunda Guerra Mundial y nos orilla a reflexionar por qué una serie de situaciones límite (de corrupción, hipocresía, egoísmo, degeneración del arte, conformismo, superficialidad) se renuevan y reproducen hasta nuestros días.
L’orologio es, pues, una lectura que reconforta en contradicción, así como en su momento representó un refugio para el propio Ferro Gay: “El autor de este libro, Carlo Levi, es mi amigo, indirectamente, lo es”, nos repitió alguna vez cuando cerraba su libro y lo pasaba por encima del escritorio. Un libro que, con su muerte, sencillamente di por perdido. No obstante, la generosidad de mi hermana buscó, halló y puso en mis manos una versión en inglés. Y ahora mismo me conmueve la noticia de que cierto ejemplar en el original italiano ha llegado desde Venecia a Juárez, enviado por el propio sobrino del autor: Giovanni Levi, a la vez historiador y fundador de la microhistoria, a quien tuve la fortuna de conocer en Xalapa (Riprendere la complessita: dopo la microstoria). Hasta el momento, quizás sea ésa mi única razón para ansiar el retorno a la frontera: redescubrir los párrafos del italiano que me fueron negados tras la dolorosa muerte de Ferro Gay. Los que en el duelo se han mantenido cerca, bien sé que entienden éstas y las líneas que aún soy incapaz de escribir, y espero con ellos y el resto de mis interlocutores compartir la futura relectura de Levi.

Con Giovanni Levi. Xalapa, 2006.

domingo, 10 de diciembre de 2006

Mitos mitos mitos


Advertencia para el oficio de historiar:

"Es muy difícil discutir una creencia. No es que el dogmático sea un imbécil, es que a él le va la vida en ello. La fuerza del dogma está en permanecer. Como un niño, necesita firmeza, si le cambia uno el cuento a la hora de leerle, reclama."
(Gracias a Carlos González por sus reflexiones).