sábado 31 de octubre de 2009

Ciao, nono

A veces me da miedo la memoria
En sus cóncavas grutas y palacios
(Dijo San Agustín) hay tantas cosas.
El infierno y el cielo están en ella.
Jorge Luis Borges,
“El grabado”, Historia de la noche.

A veces me da miedo la memoria. A veces hay una casa de la que no quiero salir. Su corredor topa con el cuarto de mi abuelo y dentro he aprendido tantas cosas, como tantas de ellas soy. Dentro pasábamos las horas y la infancia desvelándonos. Dentro se aprendía de toros, de España, de astronomía, del Sputnik, de los Apolo 8, 11, 13 y hasta el 17; de Historia, de Roma, de política, de El Ché, de la hora Universal, del General Cárdenas, del México sesentayochero, de quién mato a Colosio, de álgebra, del Sub Marcos, de Chapingo, de justicia social, de la Escuela Hermanos Escobar, de la llorona, de Lerdo, de Venturita; hasta de la propia familia y de tantas otras cosas.
Dentro era la válvula de escape al mundo exterior, el ceremonial, el de los padres y tíos, de los que “están marigüanos”, de los “mándelos a la tiznada”, de las necesidades creadas, de lo políticamente correcto, de los que no eran ateos. Dentro se vivía en otro tiempo, literalmente, porque mi abuelo nunca se empató con “la hora del estúpido de Ernesto Zedillo.” Dentro se tomaba café Bola de Oro y éste se pasaba una y otra y otra y otra vez por el colador. Dentro no se comía carne porque la carne era “cadáver, puro cadáver.” Dentro el desenfado de mi abuelo detonaba las carcajadas. Un desenfado natural, honesto, como era él mismo cuando le preguntábamos quién era su nieta consentida y sin ningún reparo nos respondía: “¡Pues Dennise!”.
Dentro era un desorden, como su coche, aquél Falcon color crema tan lleno de papeles sobre papeles, libros sobre libros, periódicos sobre periódicos. Y tras todo ello no se escondía sino una memoria prodigiosa, digna de esos hombres enciclopédicos que nuestra pobre sociedad del siglo XXI tiene en extinción. Alguien con hambre de comunicar y compartir el conocimiento, de paciencia infinita; siempre alegre, siempre ocurrente. Con esa memoria prodigiosa, captadora de datos, de hechos y de noticias. De conciencia aguda. Un historiador nato, como también fue su abuela.
Así, su muerte nos pega como baldazo de agua fría y nos pone de frente aquella sentencia no menos dolorosa, que dice: “Cuando muere un anciano, arde una biblioteca.”
Y esa biblioteca viviente fue, sin duda, uno de esos hechos fundamentales que ocurren tres o cuatro veces en cada vida. Soy afortunada, al igual que cada uno de ustedes, al saber que la convivencia con mi abuelo fue uno de esos hechos fundamentales. Y si lo que llaman familia se define en dos o tres figuras, de nuevo soy afortunada al saber que mi abuelo fue una de ellas. Pocas personas tan presentes, y tan de cerca. Ahí estaba, tejiendo y dibujando historias cuando nos dejaban en su casa; ahí estaba, ayudándome a pasar los extraordinarios de Agustín Abundes en la prepa; ahí estaba, emocionado y siguiendo de cerca cuando lo llamaba desde su siempre grata Ciudad de México o lo mantenía al tanto del plantón de López Obrador en el zócalo; ahí estaba, siempre devorando sus libros, el Proceso, las noticias y al final la Teve España o los canales de la UNAM y el Poli. Y así con cada una de sus nietas y nietos, como cuando sacaba su acordeón en las visitas de Pamela. O cuando nos ayudaba para taparle el ojo al macho mientras Alejandra, Dennise o Pamela se escapaban.
Finalmente, dos grandes cariños debo a mi abuelo, y han de disculparme pero creo que si este último día a su lado no los reconozco, no sé cuándo podría hacerlo.
Uno de ellos es el cariño que mi abuelo despertó en mí por el Espacio y los astronautas. Aunque creo que él, como yo, preferiría el término cosmonauta, pues los dos siempre fuimos rojillos y más hacia el lado de los rusos.
El segundo cariño, fue la Historia, con mayúscula. Porque así era mi abuelo, conocedor de mucho, pero siempre con la sencillez para maravillarse ante lo elemental y lo inmenso, como lo es el Universo, como lo es la Historia.
Hoy soy historiadora y sin embargo trabajo de aeronauta a cuarenta mil pies de altura, surcando apenas el cielo. Pero a esos cuarenta mil pies sobre el nivel del mar, y de noche, el Universo se percibe más cerca y más inmenso; y son esos pequeños momentos, y el recuerdo de mi abuelo enseñándome a descifrar la Osa Mayor y las constelaciones, a los que me entrego; y es por ellos que no he perdido aún la capacidad de asombro.
La Historia, por su parte, me enseñó que en la Antigüedad los griegos creían en un tiempo circular. Para ellos, el brillo de las estrellas parpadeaba porque en ellas se albergaba el alma de algún sabio, y éstos, que eran los seres más valiosos, eran también quienes mayor tiempo tardaban en reincorporarse al Eterno Retorno, en un ciclo de diez mil años. Una vez transcurridos, las estrellas se apagaban y luego otra vez volvían a brillar.
Siendo así, la próxima vez que a cuarenta mil pies me detenga a mirar una de esas estrellas, querré pensar, invariablemente, que ahí está mi abuelo. Querré pensar que es un día de invierno en Juárez, en el que tengo cerca de 6 años y mi abuelo va por mí a la escuela porque he caído enferma, la fiebre me agota y él no para y no para de hablar, mientras yo de arrebato lo interrumpo y le suplico: “Abue, ya no hables más”, pensando que en un rato me despertaré y tendremos toda la vida por delante para platicar. Querré dormir para luego abrir los ojos y estar en esa casa de la que aún no quiero salir. Querré así, finalmente, reencontrarlo en ese tiempo circular de los estoicos.
Descanse en paz.
En Juárez, octubre 27 y 28 del 2009.

domingo 30 de agosto de 2009

Los restos del naufragio


De poquitos que llevabaaaaaaa, ya no más me quedan 14,11

martes 9 de junio de 2009

Preguntas mucho, chiquillo


Me suena familiar...

Desde el final de la guerra había ido saliendo adelante con diferentes trabajos de poca monta. De su trabajo de revisora, al que se dedicaba desde hacía unos cuantos años, le gustaba el uniforme y el hecho de que el paisaje fuera cambiando todo el rato y el suelo se moviera debajo de sus pies. Pero lo demás no le gustaba. No tenía familia. Tenía treinta y seis años. Todo eso me lo contó como si no fuera su vida, sino la de otra persona a la que no conocía mucho y tampoco le importaba demasiado. (Bernhard Schlink, El lector.)

... Ya deberían ponernos gorrito en Aeroméxico :)

sábado 2 de mayo de 2009

El desierto de los Tártaros

Cuando muere un anciano
arde una biblioteca.

Hace 3 años murió Ferro Gay. Luego de leernos a Carlo Levi, para las últimas semanas del semestre dejó pendiente una novela de Dino Buzzati: El desierto de los Tártaros (Il deserto dei Tartari). Debo a Editorial Gadir la fortuna de haberla hallado hace un mes en uno de los lugares que menos habría imaginado: la librería de un aeropuerto. Fortuna también que la edición lleva un prólogo de Jorge Luis Borges, quien escribió sobre la obra de Buzzati: "En estas páginas el desierto es real y es simbólico. Está vacío y el héroe espera muchedumbres".
Efectivamente, Giovanni Drogo, el protagonista, se abandona a una Fortaleza en medio de la nada, pensando que
Del desierto septentrional debía llegar su fortuna, la aventura, la hora milagrosa que al menos una vez toca a cada cual. Para aquella eventualidad vaga, que parecía volverse cada vez más incierta con el tiempo, hombres hechos y derechos consumían allí arriba la mejor parte de la vida.

Ferro murió el 2 de mayo. Aún tengo las grabaciones de sus clases. En enero, dando la introducción del curso, claramente nos advirtió que dicha novela
Representa el problema del ideal... ¿qué es lo que vale realmente en la vida? Porque uno de joven ve muchas cosas... las considera valiosas... se quiere dedicar a ellas, en el mejor de los casos, pero cuando se alcanzan o cuando se está cerca de alcanzar ve uno que todo fue inútil... y en esto también soy un testigo histórico porque mi edad lo amerita.

Así, las líneas de Buzzati, la tentadora invitación de Borges a su lectura, la desidia de Drogo, la voz de Ferro... tras todo ello se entiende que lo mejor no está más adelante. Lo mejor es lo que dejamos de hacer.

miércoles 1 de abril de 2009

Thanks mom!

How to raise a neurotic perfectionist:
Tell your child they are smart. Reward success. Punish failure. Criticize mediocrity. Watch child crash and burn when unable to get a perfect score. Thanks mom!

(Gracias Rafi, muy bueno)

jueves 26 de marzo de 2009

Libritos, que no saben que yo existo...


Hoy acomodé los pocos libritos que la vida de azafata me ha dejado leer (más bien, releer). Ya no quiero sentirme obsoleta. Mi conducta obsesiva me tiene que llevar a organizar el tiempo para leer más. Qué importa si después de impregnarme de La República tengo que alistarme para ir a servirle cacahuates y escocés a uno de nuestros diputados o soportar el machismo de los aviadores. Basta, ya no voy a dejar que el orgullo me gane. Si no hay oportunidades y el sistema es una mierda, si el machismo no se va a acabar el día de mañana, si los ratas van a seguir siendo ratas; no es algo que esté en mis manos reparar... O bueno, bueno, bueno, quizás sea un proceso de a cachitos, pero ya no pienso lamentarme por no haber nacido cuando la revolución y las ganas se hallaban, al menos, en boca de todos. Decidido: el tiempo que ya no invierto en F, se va a ir en libros. Lo que sigue es mi ecoaldea.

sábado 13 de diciembre de 2008

El jorobado


Uno aprende a querer lo aviones. A veces muerden, a veces magullan, a veces respiran, a veces resongan y se "echan", a veces se mueven como si fueran de papel. Otras veces el avión le gana a los aviadores. Pero cuando son una segunda casa, uno aprende a entenderlos (no tanto como quisiera) y se llega incluso a encariñar con ellos. Distinguir unos de otros se vuelve un reto. El aliado es el avión, el enemigo son las manos de estómago de los pasajeros. "Señor, no golpée la sombrerera, por favor". "Su equipaje está muy grande". "Esa luz de lectura no se mueve, encienda la de su lado". "La mesita no es para llevar a casa". "Esos respaldos no reclinan porque obstruirían su salida de emergencia". "No derrame líquidos, por favor". "Apague el celular, puede afectar los sistemas de navegación". "El vómito va en las bolsitas de mareo". "Qué terquedad de 'resetearlo' y 'resetearlo', me duele como si fuera yo la computadora".

Y uno que estaba peleado con el mundo de las comunicaciones, aprende a reconciliarse. Borges confesaba: "Soy ignorante respecto de las cosas más elementales; puedo utilizar un teléfono o tomar un auto, pero no tengo ninguna idea, ninguna noción sobre la manera en que se fabrican o funcionan" (Borges ante el espejo); mientras Ferro reprochaba: "La sociedad tecnocrática ha devorado todos los sistemas y ha sustituido al hombre con la máquina, no en el sentido de que ésta pueda hacer mejor las cosas, sino porque se han reducido todas las cosas a lo que la máquina puede hacer" (Lo divino en lo humano). Siempre compartí la ignorancia de Borges y el reproche de Ferro. Siempre me sentí un parásito tecnológicamente hablando, y sólo cuando decidí involucrarme en el aeromundo fue que entendí bien a bien qué tiene que pasar para que un vehículo más pesado que el aire, vuele. Pero no es sino hasta que uno ama a quien entiende paso por paso cómo hacer un avión, que el encanto crece día tras día. F trabaja integrando avioncitos. A cada oportunidad, me acerco a la cabina de mando, escucho las alarmas cuando los pilotos están haciendo sus pruebas, y eso me basta para sacarme una sonrisa de oreja a oreja.

La misma sonrisa que tuve al recibir esta foto. Un 747 (Jumbo) de noche... con su lámpara natural. Parece un animal durmiendo. Yo le digo "El Jorobado" porque donde termina su segundo piso, justo ahí el fuselaje adquiere forma de camello. Sus cuatro motores... su enormidad... sus puertas... sus tripulaciones cuando es el caso de British... No que no quiera al Embraer 190 de Aeroméxico o a mis mosquitos... pero frente al Jumbo podría pasarme las horas contemplándolo... y reconciliándome.